• Germán Cerrato
  • Posts
  • Conciencia y Autoestima: dos aliados útiles en una transformación profesional

Conciencia y Autoestima: dos aliados útiles en una transformación profesional

Dos estados internos clave para atravesar momentos de poca claridad e incertidumbre.

En la vida profesional hay cambios que llegan sin pedir permiso… y otros que se anuncian internamente en silencio.

Ambos, si no nos encuentran preparados, pueden desordenar todo lo que parecía sólido.

Y cuando eso pasa, lo que está en juego no es solo el trabajo: es cómo nos sentimos con nosotros mismos.

En varios momentos de mi vida corporativa me encontré con situaciones que me tenían al límite de lo que creía podía soportar. No era solo cansancio: era esa mezcla de tensión en el pecho, insomnio y un ruido mental constante que no me dejaba pensar con claridad.

Me debatía entre renunciar y cambiar de rumbo o persistir; pero me resultaba difícil encontrar un criterio que me permitiera decidir y que me dejara tranquilo.

Venía de una formación anterior donde había incorporado una mentalidad en la que no se renunciaba fácilmente a nada… y mucho menos cuando las exigencias eran enormes.

En esas etapas de dudas es donde, gracias a un coach, aprendí algo que me cambió la forma de ver las cosas: a observarme desde afuera.

No para juzgarme, sino para conocerme realmente.

A mirarme como si fuera un tercero y decirme: “Así estás actuando, así estás pensando, así te estás sintiendo”.

A detectar si estaba reaccionando en automático o actuando en función de lo que me hacía sentido. Aprendí a tomar Conciencia.

Cuando apareció la conciencia

Ejercitando la conciencia avancé en mi carrera corporativa hasta llegar a un punto en el que identifiqué que me aproximaba a un fin de ciclo.

Tomada la decisión, pasé de una etapa de reglas conocidas a otra de incertidumbre: el emprendimiento.

Al inicio, aparecían recurrentemente pensamientos saboteadores… y con ellos, el debilitamiento de la autoestima.

Eran conversaciones internas sin base real, pero muy persuasivas.

Por eso me autoimpuse una consigna: no comprometer mi autoestima.

Sabía que esa estrategia me mantendría en pie ante todo lo incierto que vendría.

Me repetía: Si fui la misma persona que pasó del ejército a la corporación, de operaciones a comercial, de un país a otro, y hasta gerente general… ¿por qué no podría lograr ahora algo que siento como mi próxima etapa: hacer todo eso, pero para mí mismo?

En mi caso fue emprender, no necesariamente aplica para todos; cada uno con lo que siente.

Dos caminos, una misma necesidad

Revisando mis propios procesos de transformación profesional —y las conversaciones con otros profesionales que atraviesan los suyos— veo que, aunque las historias son distintas, suelen caer en dos escenarios que tienen un punto en común: la necesidad de recuperar el centro para poder dar el siguiente paso.

Por “recuperar el centro” entiendo:

  • Reencontrar estabilidad emocional después de un golpe o sacudida profesional.

  • Volver a conectar con lo que uno es y quiere, sin que el ruido externo (miedo, presión, opiniones ajenas) marque el rumbo.

  • Poner en orden las prioridades para no decidir solo por impulso.

Escenario 1: Cuando el cambio te encuentra sin aviso

Hay personas que no tienen tiempo para prepararse.

Un día, con un lenguaje amable y cuidadosamente elegido, reciben un mensaje que en el fondo es muy simple: “Te promocionamos de gerente general a cliente”.

Es decir: te echaron.

El impacto es profundo.

La rutina de años se corta de golpe.

El teléfono deja de sonar como antes.

La agenda, antes saturada, ahora parece un desierto.

Probablemente las señales que anticipaban este final estaban ahí… pero no se vieron o se prefirió ignorarlas.

De todas maneras, el resultado es el mismo: el cambio llegó, y muchas veces, con la autoestima tambaleando.

Escenario 2: Cuando el cambio empieza por dentro

El otro escenario es menos brusco, pero igual de desafiante.

La persona sigue en su puesto, con condiciones cómodas y buenos resultados. Desde afuera, todo parece en orden.

Pero adentro algo empieza a moverse.

No hay un hecho concreto que lo dispare, sino una sensación persistente: como si la mente dijera una cosa y el corazón otra.

Los logros, los méritos y los bonos de fin de año siguen llegando… pero ya no alcanzan para tapar el ruido interno.

Esa voz, que al principio aparecía de vez en cuando, empieza a estar más presente.

Reconocer que algo no encaja es apenas el primer paso.

Lo que sigue es más difícil: abrir una conversación interna honesta, decidir si es momento de cambiar y prepararse para ello.

Aquí es donde la conciencia se vuelve una herramienta vital.

El denominador común

Aunque estos escenarios parecen opuestos —uno abrupto y otro progresivo—, ambos comparten lo mismo: la necesidad de recuperar el centro y redefinir el rumbo.

Y en mi experiencia, el factor que más influye en cómo atravesar esa etapa es la autoestima.

Por qué la autoestima importa tanto en una transformación

La autoestima es la valoración global que tenemos de nosotros mismos.

No es solo sentirse “bien” o “mal” en un momento puntual: es la base desde la que interpretamos lo que nos pasa, decidimos nuestros pasos y nos relacionamos con los demás.

Cuando la autoestima está baja:

  • Las oportunidades parecen más lejanas.

  • La confianza en nuestras capacidades se reduce.

  • Los riesgos se ven como amenazas insalvables.

Cuando la autoestima es sólida:

  • Las transiciones se enfrentan con más claridad y menos miedo.

  • La energía se enfoca en lo que podemos hacer, no en lo que perdemos.

  • El cambio se convierte en un desafío posible.

Autoestima, autoconfianza y autoconciencia: diferencias clave

  • Autoestima → valoración global de nosotros mismos.

  • Autoconfianza → seguridad en nuestra capacidad para hacer algo concreto.

  • Autoconciencia → habilidad de reconocer y comprender nuestras emociones, pensamientos y comportamientos.

La autoconciencia nos da el primer indicio de que algo está cambiando.

Es la que nos permite observarnos y decidir cómo actuar.

Y cuanto más se ejercita, más fortalece la autoestima.

De la autoconciencia a la conciencia cotidiana

En mi trabajo prefiero hablar de conciencia a secas: más cotidiana, más práctica.

Es registrar lo que ocurre dentro y fuera de nosotros… mientras ocurre.

Y aquí distingo dos tipos: conciencia externa y conciencia interna.

Conciencia externa: verme en acción

Es observarme como si fuera un espectador de mi propia escena.

En medio de una reunión o conversación clave, preguntarme:

  • ¿Cómo estoy transmitiendo mis ideas?

  • ¿Mi tono y lenguaje corporal acompañan lo que digo?

  • ¿Actúo desde lo que soy o desde lo que esperan de mí?

Un ejercicio simple: elegir un momento del día, hacer una “pausa mental” e imaginar que me observo desde afuera. Preguntarme:

“Si pudiera aconsejarme ahora mismo, ¿Qué me diría?”

Conciencia interna: verme por dentro

Es reconocer quién soy, lo que valgo y lo que he logrado.

Propongo tres preguntas:

  • ¿Para qué soy bueno?

  • ¿Qué me gusta hacer?

  • ¿Qué me falta y me interesa?

Responderlas con honestidad sorprende. Rara vez nos damos el tiempo de reconocer todo lo que ya hemos hecho y podemos aportar. Esa base sólida es autoestima en acción.

Conciencia y autoestima: un refuerzo mutuo

La conciencia externa ajusta cómo nos mostramos al mundo.

La interna nos recuerda lo que ya traemos.

Juntas fortalecen la autoestima.

Y con la autoestima firme, es más fácil moverse con seguridad en un cambio.

En una transformación, la autoestima es la base y la conciencia es la linterna.

La base me sostiene; la linterna me guía.

📌 Puedes empezar hoy:

  • Un minuto de conciencia externa en tu próxima reunión.

  • Diez minutos para responder esas tres preguntas.

Lo sé porque lo viví. En cada transformación que atravesé —voluntaria o no—, lo que me sostuvo fue la autoestima y lo que me guió fue la conciencia. Dos aliados que no se compran ni se improvisan, pero que se pueden entrenar. Si hoy estás en medio de un cambio, empieza por ahí. Lo demás, paso a paso, encuentra su lugar.