Cambiar la forma de pensar, para cambiar lo que vivimos

En este artículo comparto cómo, en cada transformación profesional, lo primero que cambié fue mi forma de pensar. Si no revisamos nuestra mentalidad, lo nuevo que intentamos crear muchas veces termina siendo solo una versión actualizada del pasado.

En el artículo anterior hablé sobre el sentido vital como uno de los ejes que, en mi experiencia, están siempre presentes en una transformación profesional profunda.

Pero no es el único.

Cada vez que pasé por un cambio real —no solo de trabajo, sino de rumbo— me encontré revisando al menos cuatro dimensiones: sentido vital, mentalidad, transformación (como proceso), y emprendimiento (como actitud). Las llamo ejes, aunque en realidad funcionan más como “puntos cardinales” internos. Ninguno actúa solo.

Hoy quiero detenerme en uno de ellos: la mentalidad.

Lo que sostenemos adentro

En general, cuando algo no funciona en lo profesional, buscamos ajustar lo externo: procesos, tareas, estructuras, relaciones.

Pero muchas veces lo que necesitamos revisar está adentro: las ideas que venimos sosteniendo sin darnos cuenta.

  • Qué creemos posible (o imposible).

  • Cómo nos hablamos cuando estamos en duda.

  • Qué definimos como éxito (y qué no).

  • Qué parte de nuestra historia ya no nos representa… pero seguimos actuándola.

Ahí es donde la mentalidad empieza a tener peso real. No se trata de adoptar frases motivacionales, sino de revisar cómo nos estamos narrando lo que vivimos.

Las preguntas que cambian el juego

En más de una ocasión me encontré frente a decisiones difíciles. Y no fue una habilidad técnica lo que me desbloqueó. Fue una pregunta. O mejor dicho, una pregunta bien hecha.

Algunas que me sirvieron:

  • ¿Estoy buscando seguridad o crecimiento?

  • ¿Lo que estoy haciendo es lo que quiero… o lo que creo que debería hacer?

  • ¿Qué historia me estoy contando para no cambiar?

  • ¿Estoy escribiendo mi camino o actuando en el guion de otro?

A veces no tenemos las respuestas. Pero si afinamos las preguntas, algo empieza a ordenarse.

Cuando me creí que no estaba listo

Recuerdo una de esas situaciones que me marcaron.

Estaba en un nuevo rol comercial y me llamaron para postularme a un cargo en otro país. Lo que había querido lograr se estaba presentando, pero no podía verlo.

Mi mente empezó con lo suyo:

“¿Me están usando?”, “¿Y si no estoy preparado?”, “¿Y si fracaso y todo lo que logré se pone en riesgo?”

Tuve que pedir ayuda. Y alguien que respetaba mucho me dijo algo que hasta hoy repito:

“Nunca estuve preparado para el puesto que me tocó. Pero igual lo tomé.”

Ahí entendí algo que después confirmé muchas veces: no todas nuestras preguntas son confiables, sobre todo cuando nacen del miedo.

Y que si no sabemos qué pensar, o cómo pensar, vale la pena conversar con alguien que nos ayude a ver distinto.

La trampa de querer garantías

También lo entendí al trabajar con un coach.

No se trataba solo de desarrollar nuevas habilidades para un nuevo puesto. Lo más difícil era callar esa voz interna que repetía todo lo que podía salir mal o faltar.

Descubrí que una mentalidad limitante no se elimina con datos. Se disuelve con nuevas formas de pensarse. Y eso no se da en un día.

A veces creemos que cuando estemos listos, vamos a cambiar.

Pero la secuencia es al revés: cuando cambiamos, nos vamos volviendo más preparados.

Pensar distinto. En serio.

Mucho antes de cambiar mi rol, de pasar de ejecutivo a emprendedor, de dejar una industria o de iniciar un proyecto, hubo algo que cambió primero: la forma en que pensaba.

No hablo de pensar más. Hablo de pensar distinto.

Porque, aunque suene obvio, no alcanza con hacer cosas nuevas si seguimos pensando igual que antes. Lo nuevo se vuelve una versión actualizada del pasado. Y con eso, los resultados del presente también terminan pareciéndose al pasado.

En los últimos años, leyendo a autores como Joe Dispenza, terminé de entender algo que mi experiencia ya me había mostrado de forma intuitiva:

Donde ponemos la atención, ponemos la energía. Y donde ponemos la energía, ahí crece nuestra realidad.

Cada vez que le prestamos atención a algo —una persona, una cuenta pendiente, una preocupación, un recuerdo— estamos entregando parte de nuestra energía creativa.

Y no solo eso. Esa atención sostenida activa una red neuronal específica. Una para el trabajo, otra para el dinero, otra para la pareja. Otra para cada tema que consideramos “importante”.

Cuanto más repetimos esa atención, más se refuerza la red. Más automática se vuelve.

Pero hay un detalle que no siempre vemos: la mayor parte de esa energía se va hacia afuera. Personas, pendientes, validaciones, expectativas ajenas.

Y cuando toda nuestra atención está afuera, muy poca queda disponible para lo que ocurre adentro: nuestros propios pensamientos, emociones, intuiciones, ideas nuevas.

Sin energía en el mundo interno, es difícil crear algo distinto.

Y si no cambia lo que pasa adentro, tarde o temprano, el presente vuelve a parecerse al pasado.

No hay fórmula, pero sí ayudas

No creo en recetas hechas.

Solo comparto que cada vez que me atreví a revisar mi forma de pensar, aunque resultara incómodo, surgieron nuevas posibilidades. No aparecieron por arte de magia, sino de manera gradual y progresiva.

La mentalidad no lo es todo.

Pero sin trabajarla, vivimos repitiendo lo que ya conocemos.