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El cambio de rumbo me implicó un luto
No es sobre cambiar de trabajo. Es sobre cambiar de identidad.

—¿Cómo viviste tu salida del ejército?
La pregunta apareció este sábado, en un viaje a Senillosa, Neuquén. La conversación era entre dos amigos que compartimos pasado militar y que, hace años, decidimos cambiar de rumbo.
Al hablar, validamos algo que yo ya tenía masticado de mis propios procesos: salir no fue un cambio profesional. Fue un duelo.
No por el trabajo. Por la identidad.
Ponerle ese nombre fue lo que nos conectó. A pesar del tiempo y de los caminos distintos, los dos habíamos llegado a la misma conclusión.
Con el proceso ya transitado, terminé de ordenar ese aprendizaje en un criterio:
Cambiar de rumbo no es aprender algo nuevo. Es dejar de ser algo que eras.
Por eso es incómodo. Durante un tiempo quedás suspendido en el medio: ya no sos lo que eras, pero todavía no sos lo que viene.
Me pasó con el uniforme. Y me volvió a pasar años después, cuando hice el salto de la corporación al emprendimiento. El contexto era distinto, pero el impacto fue el mismo.
Y en ese proceso aparece algo más, que al principio no se ve:
Lo que cambia no es solo lo que hacés. También cambia el orden de prioridad de tus valores.
No porque los pierdas, sino porque al reordenarlos, cambia la forma en la que decidís.
Cambiar de rumbo no es redefinir la agenda. Es aceptar que ya no sos el mismo y a aprender a construir desde ahí.
El cambio de rumbo no empieza cuando sabés qué viene. Empieza cuando ya no podés sostener quién eras.
