- Germán Cerrato
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Entre el puesto que se fue y el que todavía no llega
Sobre el apuro interno por definir cuando un rol se terminó y el siguiente todavía no aparece.
En una publicación anterior compartí, desde una mirada práctica, cómo pararse frente a la pregunta: “Fin de ciclo, ¿cómo sigo?”.
Lo que nos pasa en el trayecto entre el puesto que se fue y el que viene creo que pocas veces se comparte. De ahí que me gustaría, a partir de un caso real, hacer un aporte al respecto: qué puede sucedernos internamente, independientemente del camino que finalmente definamos.
No soy psicólogo ni mucho menos. Hablo desde lo que logré entender a partir de experiencias propias y de las que otros ejecutivos compartieron conmigo.
Caso real
En una charla con un ejecutivo con más de 20 años en una corporación multinacional —donde empezó como vendedor en su país de origen y terminó ocupando una función comercial regional— me hablaba de su situación, ya fuera del sistema, y de cómo se encontraba, de alguna manera, en un “estado de desesperación”. Habían pasado varios meses desde su salida y todavía no lograba definir rumbo ni generar ingresos.
Se cuestionaba por qué, aun aceptando que un ciclo había llegado a su fin y que debía reconstruir su trayectoria, no lograba avanzar. Seguía atrapado en la ambigüedad entre volver a buscar trabajo o animarse a armar su propio proyecto.
Mientras lo escuchaba, podía identificar que se estaba midiendo con herramientas antiguas, que habían servido en otro contexto:
Su falta de rumbo y el apuro por tener definiciones respondían a la necesidad de volver a un estado de certeza.
Su impulso por considerar como opción el buscar trabajo era, en el fondo, búsqueda de seguridad, de volver a lo conocido.
La presión por generar ingresos —más allá de que las cuentas se pagan con plata— era una forma de compararse con el ejecutivo corporativo que había sido antes.
¿Qué creo que había detrás de todo esto?
Se le había activado el ego. Que, en todo caso, no era el problema en sí, sino la reacción que aparecía cuando se activaba.
No hablo del ego entendido como ese “aire de superioridad” con el que normalmente solemos asociarlo, sino de la función mental que todos tenemos y que busca defender la identidad que logramos construir.
Mientras un ciclo está activo, incluso aunque no estemos conformes, suele haber algo que nos sostiene: un rol claro, una narrativa (“yo soy esto”), una identidad operativa, algún tipo de validación. Puede haber cansancio, incomodidad o ruido interno, pero todo eso ocurre dentro de un contenedor.
Cuando el ciclo termina, ese contenedor desaparece. Y ahí surge algo difícil de prever: fricción. Una incomodidad entre dejar un puesto —una identidad laboral, en realidad— y el nuevo rumbo, que todavía estaba en desarrollo.
En su caso, esa fricción apareció cuando el sistema interno le exigía definición. El trabajo del ego es justamente proteger la identidad, el valor y la coherencia interna. Su rol es buscar certezas, seguridad y estabilidad; exactamente lo contrario de lo que había ocurrido cuando su ciclo terminó.
Y de ahí que su ego, haciendo honor a su función y ante un cargo que ya no existía para él, le dijera cosas como:
“Algo hay que resolver ya.”
“No se puede seguir así mucho tiempo.”
“A esta altura ya debería estar funcionando.”
“Antes lo había logrado, ¿por qué ahora no?”
Nada de eso era falta de claridad.
Era intolerancia al ‘todavía no’.
Mi mirada, viéndolo desde afuera
No podía evitar que ese mecanismo apareciera en acción, pero sí advertir cómo operaba.
Con el tiempo entendí algo que también me ayudó a mirar mi propio proceso: la fricción no era señal de que el camino estuviera mal. Era señal de que la identidad anterior ya no alcanzaba y la nueva todavía se estaba formando.
Eso cambia bastante.
Cambia cómo uno se habla.
Cambia cómo se mide el tiempo.
Cambia cómo se toman decisiones.
Y, sobre todo, cambia cómo se trata al ego.
En mi caso, no intenté callarlo. Aprendí a educarlo.
En lo cotidiano, eso significó:
Reconocer cuándo el apuro venía del miedo y no de la claridad.
No cerrar procesos solo para dejar de sentir incomodidad.
Sostener mi autoestima sin buscar validación externa.
Darle tiempo al proceso, aun cuando la cabeza pidiera resultados.
Cada vez que logré estar incómodo sin reaccionar, algo se acomodó.
Como si el sistema interno aprendiera, de a poco, que podía atravesar el vacío sin colapsar.
Para cerrar.
La fricción no apareció cuando el ciclo anterior se fue agotando. Apareció cuando terminó.
No porque hubiera estado equivocado, sino porque estaba entre identidades.
Si hoy estás en ese lugar —con ruido, apuro o desgaste—, tal vez no sea un problema a resolver de inmediato. Tal vez sea una etapa a transitar con más comprensión.
No para quedarse ahí, sino para permitir que algo nuevo se forme sin ser forzado.
Y eso, aunque incómodo, suele ser el comienzo de una transformación más sana y con menor derroche de energía emocional.