Estudiaba portugués. Terminé en Colombia.

Estar disponible abre oportunidades. Decidir si convienen exige calcular algo más que el traslado, el bono y el sueldo.

Mi familia seguía en Argentina esperando una respuesta que yo todavía no podía darles.

Era 2012. Llevaba cuatro meses en Chile y acababa de incorporarme al equipo comercial. Antes había trabajado en la operación de centros comerciales del grupo en Argentina.

Ahí había progresado rápido. Funcionó una combinación bastante típica para esa edad: energía, teoría fresca de la facultad y capacidad para ejecutar.

El salto a Chile fue distinto. Pasé de contratos chicos a contratos grandes. De una operación que conocía a otra donde todavía estaba aprendiendo cómo se jugaba. De trabajar con personas que ya sabían quién era a tener que demostrarlo de nuevo.

Estaba acomodándome cuando me sugirieron ir a Perú. Dije que no. Todavía estaba absorbiendo el cambio anterior.

Meses después apareció Brasil. Esta vez la invitación fue cara a cara con el dueño. A los pocos días estaba en un viaje exploratorio en San Salvador de Bahía.

Volví a Chile y empecé a estudiar portugués. Todo indicaba que el traslado era inminente.

Pasaron las semanas. El tema se enfrió. Entonces volvió Perú y dije que no otra vez. Mientras tanto, mi familia esperaba. Yo también.

A fines de 2012, el grupo anunció una adquisición grande en Colombia. Y ahí sí terminé yendo.

Cuando cuento esa etapa, la resumo con una frase que parece un chiste, pero describe exactamente lo que ocurrió:

Era un argentino recién llegado a Chile, estudiando portugués para ir a Brasil, al que le insistían con Perú, y terminó en Colombia.

Suena a anécdota. Lo es.

También muestra cómo funciona una corporación que crece por adquisiciones. Las necesidades cambian rápido. Aparece una operación nueva, se abre una posición y la empresa busca entre las personas que considera capaces de asumirla.

En ese contexto, estar disponible tiene valor. Y la empresa lo paga.

Puede pagar la mudanza, el bono, la vivienda, los pasajes y un sueldo excelente. Puede ofrecer una posición mejor y una experiencia profesional que difícilmente aparezca de otra manera.

En mi caso, esos movimientos me permitieron aprender rápido y participar en operaciones a las que de otro modo no habría accedido.

Pero hay una parte de la decisión que no puede calcular la empresa.

Brasil implicaba aprender otro idioma y volver a empezar. Perú era una posibilidad que había rechazado dos veces. Colombia apareció cuando mi familia todavía seguía en Argentina y ninguna de las alternativas anteriores se había cerrado del todo. La propuesta podía ser buena. El costo personal seguía existiendo.

Durante años consideré que estar disponible era parte de mi trabajo. Si aparecía una operación nueva, primero pensaba qué había que hacer. Después evaluaba cómo acomodar el resto.

Ese orden me sirvió. También hizo que durante mucho tiempo confundiera disponibilidad con identidad profesional. Ser flexible era una cualidad. Sentir que debía estar siempre disponible era otra cosa.

Hoy escucharía una propuesta de traslado de una manera más completa. Miraría la posición, el desafío, el sueldo y la oportunidad. Pero también cuánto tiempo exige, qué posterga y qué impacto tiene sobre quienes se mueven conmigo.

No porque la empresa tenga que resolverlo. Estar disponible puede abrir una oportunidad. Decidir si conviene sigue siendo responsabilidad de uno.

Si alguna vez te dijeron que sos "un ejecutivo flexible", escuchá dos cosas: lo que se elogia y lo que se pide. No son la misma cosa.