- Germán Cerrato
- Posts
- La transformación profesional no es sólo cambiar de trabajo, sino también revisar desde dónde lo hacemos
La transformación profesional no es sólo cambiar de trabajo, sino también revisar desde dónde lo hacemos
A veces buscamos el cambio afuera porque todavía no sabemos cómo nombrar lo que empezó adentro.

Mi primera transformación profesional derivó de una pérdida significativa que me impulsó a atender realmente incomodidades internas que ya estaban ahí y que me resultaban muy difíciles de comprender, mucho menos gestionar. En mi trabajo todo venía aparentemente viento en popa, pero el hecho doloroso con los meses aceleró mis decisiones.
Luego de otras experiencias propias y de personas que me compartieron las suyas, entendí que la mayoría de los procesos de transformación profesional no empiezan con una decisión clara ni con un plan bien pensado. Empiezan antes y suelen responder a causas internas, existenciales.
Incluso cuando el disparador parece externo, la raíz termina siendo interna. Porque transformarse no es solo cambiar de ámbito laboral. Es cambiar de identidad profesional. Y eso —por definición— no lo puede hacer nadie por nosotros.
En general, aparecen distintos puntos de partida:
Alguien decide por nosotros (nos echaron).
Un ciclo natural se completa (llegamos a la jerarquía máxima dentro de una estructura vertical, o agotamos un recorrido).
Un hecho no profesional relevante nos despierta y nos obliga a atender preguntas que veníamos postergando (la partida de alguien muy significativo).
O directamente incomodidades internas que ya no aceptan más dilaciones.
Los tres primeros escenarios suelen percibirse como externos, como algo que nos mueve de lugar. El cuarto es más evidente, más íntimo. Pero, si lo miramos con lupa, los motivos que impulsan una transformación terminan siendo internos.
El ruido que no sabemos nombrar
La incomodidad interna no aparece con señales claras. No siempre hay enojo. No siempre hay tristeza. Como compartí en algún artículo anterior: “no hace falta que algo esté mal para no estar bien”.
En cualquier caso, las cuentas no cuadran:
Aparece una sensación de falta de sentido.
La necesidad de trascender sin saber cómo.
Un ruido interno persistente, incluso en momentos de calma o “éxito”.
La percepción de que lo que hacemos ya no nos representa completamente.
No es simplemente cansancio. No es solo desmotivación.
Tampoco es, necesariamente, un problema con el trabajo en sí. Es otra cosa.
Son señales internas, dispersas pero inequívocas, de que algo en nosotros está buscando reacomodarse. No vienen desde la claridad, sino desde zonas todavía poco iluminadas de nuestra experiencia. Y justamente por eso incomodan.
En ese punto, ya no se trata simplemente de tener un trabajo. Se trata de identificarnos desde dónde lo hacemos. El conflicto deja de ser externo. Empieza a ser interno. Y ahí empieza, de verdad, la transformación.
La vida no opera de manera arbitraria
Más allá de cómo las nombremos, el mundo funciona según ciertas leyes: la de causa y efecto, la del péndulo, la de la sincronicidad, la de correspondencia, entre otras. No son morales. No son religiosas. Son leyes de funcionamiento universal.
Podemos no conocerlas. Podemos no aceptarlas.
Pero eso no nos deja afuera de sus efectos.
Cuando no entendemos lo que nos está pasando, no quedamos exentos. Simplemente aprendemos por consecuencia.
Repetir hasta entender
Muchas veces insistimos en cambiar lo externo esperando que algo interno se ordene solo.
Y cuando eso no ocurre, la incomodidad interna se repite. No como castigo. Sino como insistencia.
Adoptado de otras tradiciones, a eso fuimos aprendiendo a llamarlo karma: no como un destino fijo, sino como el conjunto de circunstancias que nos empujan, una y otra vez, a revisar lo que todavía no estamos viendo.
Mientras no entendemos, repetimos.
Cuando empezamos a entender, algo se afloja.
Cuando el sentido empieza a aparecer
En la medida en que dejamos de pelearnos con lo que nos pasa y empezamos a leerlo con mayor aceptación, aparece algo distinto: el sentido/propósito. No aparece de golpe; no “vemos la luz” de repente.
Se revela de a poco. Como una comprensión más profunda de para qué estamos viviendo lo que estamos viviendo.
En ese proceso, algo suele ocurrir. Situaciones, conversaciones o decisiones empiezan a encajar de una manera distinta. No porque la vida se vuelva mágica, sino porque dejamos de resistir lo que estaba pidiendo ser mirado.
Cierre
La vida no siempre nos explica lo que hace. Pero insiste.
Mientras resistimos, repetimos. Cuando aceptamos, entendemos.
Y no porque todo se ordene afuera, sino porque algo se acomoda adentro.